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martes, 17 de diciembre de 2013

I will wait

It was cold, really cold when she woke up that morning. She had to go to the airport to board her plane at 8.50 in the morning.

She wasn’t sure if she wanted to come back.

Things at home had been a little rough lately and she just couldn’t handle it anymore. Her house was falling apart, her boyfriend didn’t act the same around her, her mother had just passed away, and she had no reason to go back to that empty life.  Nothing was keeping her in that small town.

She packed quietly, humming to herself in a low voice. She folded a beautiful dress neatly. Her boyfriend had given her that. She was thinking about giving it away.

How many times did she think about leaving? She never liked that town. In fact, she hated it. And now that she didn’t have anything to go back to, she just couldn’t wrap herself around the idea of staying in Prague forever.

When she arrived at the airport back home, her mother wouldn’t be there. And no green-eyed boy would wait for her neither because, to be honest, she was pretty sure he didn’t care about her anymore.

‘I’m doing him a favor’ she thought to herself. If she didn’t show up to take her plane, it would be easier for him. She would be the one to break things off and he could move on with his life.

Silence filled the room. She wasn’t sure… but then she was.

She made a silent pact with herself.

It was cold, really cold when she didn’t show up to the airport and lost the plane that was going to take her back.

It was hot, really hot in the airport back home, where a green-eyed boy stood still with flowers in one hand, chocolates in the other, and a whole bunch of apologies in his heart.


It was suddenly cold when the boy realised she wasn’t coming back.

miércoles, 31 de julio de 2013

Meet me in the pouring rain.

Sorry, English is not my first lenguage but I just wanted to write in English, idk why.

I was sitting outside the café, in the nearest table to the door. It was raining heavily, but I still sat outside, I wasn’t sure why.

I was reading the Third Chapter of one of my books when he arrived, soaking wet and smiling, showing those marvellous dimples that had made me blush a year ago. I had thought that he wouldn’t show up, but to contrary belief he was standing in front of me, staring.

I didn’t know what to say, I was in a bit of a shock, actually. Instead of saying hello, I just said “You remembered” and he nodded shyly, still with his big emerald eyes looking right at me.

The memories of the last – and first – time we saw each other were a bit blurry, but I still can hear the loud noise coming from the café, the sound of laughter and love and everything else that I couldn’t do.

I also remember how he asked politely “May I sit with you?” and I just said yes, only because of his warm smile that reminded me of home somehow.

Both of the weeks we lived were wild. I felt happy, sad, in love, reckless, free but overall… I felt alive. Alive like never before because Harry was one of the most amazing human beings that I had ever met and he made me feel so many things. He was just like a tornado, turning my world upside down. And his hands were like guns, and with every kiss he pulled the trigger creating holes in me that – I should have known – I was not able to fix.

And then I had to say goodbye.

I told him that I would come back, that I wouldn’t just forget everything because for the first time in my life I felt something. I wasn’t numb anymore and I was ready to love everything as much as I’d loved Harry.

He was special. He used to take pictures when we were together, with and old Polaroid that he took everywhere. He used to take pictures of me when we were just lying on the floor of his flat listening to old records of unknown bands on his record player. He used to touch me like if I was just about to break, and he would just stare at me, saying – like an excuse – that he just wanted to remember me as much as he could, because you can’t remember how you really feel by just looking at some photos. He just liked everything and everyone with a fiery passion that – at first – I couldn’t understand. Until I did.

“My life is fucking bullshit, you know? I’m fucked up and so is everyone aroud me. So… I just focus on the small things, on those little things that make me happy. Like the sound of someone unwrapping a present and the light in their eyes when they like it. Or the way couples hold hands and how they feel, as if the time had stopped around them and they were in their own little world. That’s… that’s how I feel when I’m with you. Silly, isn’t it?”

And now he was there, beaming at me with a grin that filled me with warmth. He was like the sun, he was my sun and I just moved to his direction like a sunflower.

“It’s been a year but I waited for you” my breath got stuck on my throat.

“You weren’t here yesterday.” I said and he looked at the ground. “It doesn’t matter, though. You’re here now and I…” He grinned at me again, a cheeky grin this time.


“… and I just want to kiss you” He finished my sentence. And that wasn’t what I wanted to say but… he wasn’t lying anyway.

sábado, 9 de marzo de 2013

Quedarme.


El sol impactó duramente sobre su cara, despertándola de mal humor. Su habitación era un desastre, había ropa en el suelo y el edredón rojo se encontraba completamente fuera de lugar.

Deslizó sus piernas fuera del mal colocado acolchado y se paró. Las cosas aún daban vueltas en su cabeza.  Lo merecía, o al menos eso pensaba ella.

Iba a marcharse, tenía que hacerlo. Ahora más que nunca, ésta era la perfecta excusa. Se había acostado con él y tenía que pagar las consecuencias.

Su mejor amigo, con cabello dorado y ojos celestes, era todo lo que ella podía pedir en un hombre. Era alto, caballero y sobre todo, buen besador, solo que no lo supo hasta anoche, cuando perdió el control.

Siempre se consideró una mujer fuerte, y lo era, pero sus barreras habían caído totalmente cuando, luego de una agradable cena con su amigo con algo de vino, le había confesado que lo amaba, con lágrimas en los ojos. ¿Qué se le había cruzado por la mente? ¿Qué acaso iba a decirle “–  Yo también –”? Inútilmente se había expuesto ante él, le había mostrado sus debilidades y había caído en su estúpida trampa.

Usualmente reía de las mujeres que estaban con él, sabía que era hombre de una sola noche. Pensaba que eran inútiles por dejarse llevar pero… ahora las compadecía e, irónicamente, quería reír de sí misma.

Él la besó y delicadamente bajó el bretel de su vestido, besando su hombro. Le susurró cosas lindas y así la llevó a la cama. ¡No, no lo hagas! Quería gritarse a sí misma mientras recordaba esas escenas en la ducha, pero era muy tarde, su cuerpo seguía moviéndose hacia el colchón y allí se dejaba caer, se dejaba seducir tan fácilmente, con tontas palabras.

No podía mentir, lo había pasado de maravilla, pero ahora tenía que irse, lo sabía bien. Pueblo chico, infierno grande, decía siempre su madre, y si alguien se enteraba de lo ocurrido entre ellos, no quería estar presente para ver las caras de las estúpidas e insignificantes viejas chismosas del barrio que, por alguna extraña razón eran respetadas por casi todos. Eran ‘’mujeres importantes para la sociedad’’ según el resto del pueblo.

Furiosa y con el cabello chorreando agua, metió todo lo que pudo en su pequeño bolso azul, y el resto en una maleta. Sabía que su maquillaje no sobreviviría el viaje, así que lo metió en su cartera mientras esperaba que calentara su rizador de cabellos.

Afuera hacía frío. Estaba helado y esperar un taxi se estaba volviendo una tarea insoportable.  Justo cuando pensaba marcharse, uno se asomó al final de la calle, ella lo paró y se introdujo en él indicándole al conductor su destino.

El café estaba amargo, pero por lo menos pudo fumarse un cigarrillo en aquella cafetería que se encontraba en el aeropuerto. Con su mano izquierda sostenía Cumbres Borrascosas,  mientras leía y le daba una calada a su cigarro en silencio.

Por un instante apartó los ojos de su lectura, solo por un instante, y lo vio.  Estaba sentado en la mesa opuesta a la de ella y tenía un libro entre sus manos también. No pudo saber qué leía.  Su ceño estaba fruncido, hasta que con un bufido tomó un par de anteojos que se encontraban sobre la mesa, resignado.  Pestañas largas y cabello castaño, ojos celestes y labios finos y rosados. La barba de unos 2 días comenzaba a asomarse en su barbilla. Era algo así como un Adonis con aspecto Europeo perdido en medio de Nueva York.

Había revolucionado sus hormonas en cinco segundos, y de repente sintió que quería llamar su atención como si fuera una niña en preescolar.

Sus ojos se encontraron y, como si fuera un reflejo, se sonrieron.  Inmediatamente él se paró, para tomar asiento frente a ella e iniciar una corta conversación. Era sociable, simpático y tenía un acento peculiar.

- ¿Puedo preguntar de dónde eres, Michel? – preguntó esbozando una sonrisa, tratando inútilmente de imitar su pronunciación

 - Vengo de Francia, planeo quedarme un tiempo. ¿Y tú? – ella soltó todo el aire contenido en sus pulmones en forma de suspiro.

- Creo que he decidido quedarme.

lunes, 16 de abril de 2012

'Cuando todos estén locos, ellos van a ser los raros'

Hace mucho que no escribo nada, pero nada de nada. Necesito tiempo libre, supongo.
En todo este tiempo en el que estuve ausente nada cambió en mi vida, solo que ahora soy un año más vieja y no, no maduré. Entre otras cosas mi bloqueo de escritora continúa, pero no de escritora como estoy escribiendo ahora, si no escritora de ficciones. La novela de la psicóloga está en stand by porque no puedo seguirla. Imagínense que estoy tan ocupada que este debe ser la mayor cantidad de minutos en los que he estado en la computadora desde que empezó el año. Mi tumblr está muy descuidado, ya casi ni edito. Give me free time!
De todos modos, si es que estoy ocupada por inglés, me siento bien entonces, porque amo ir. Me... gusta alguien. Pero shhhh, no le digas a nadie, porque es un secreto.
En fin, volviendo al tema, estoy disfrutando bastante concurrir a las clases, así que no me quejo.
Lo único que no me gusta de todo el tema de inglés es que gracias a que no me coinciden los horarios tuve que cambiar mi horario de computación. Es una lástima porque ahora hago con el B y no conozco a nadie. Es decir, hay una chica de mi curso que está en el B también, pero ella tiene amigos y yo no soy quien como para meterme, ¿entienden? Me siento descolgada, bastante apartada. Cada martes ruego porque se largue una tormenta terrible, ya que dijo que si llovía no pasaba las faltas.  O ruego porque sea feriado. ¿Triste, no es cierto? Blah, ni que quisiera socializar de todos modos. Nadie me entiende, así que ni vale el esfuerzo.
Mi grupo de amigas y yo tenemos el nivel más alto de rareza de todo el colegio, estoy segura, pero como bien dice el dicho -creo que es un dicho- 'cuando todos estén locos, ellos van a ser los raros... ¿o era 'cuando todos sean raros, ellos van a ser los locos'? ¿O era...? ¡Cómo sea! El punto es que cuando los locos seamos mayoría, la gente que mantenga su cordura va a ser la enferma, no los demás, y así se va a revertir este efecto.
Tampoco es que seamos adefecios enfermos que caminan en este mundo por error de la naturaleza, si no que nos falta madurar un poco. Yo creo que actuamos como debemos, y que los demás maduraron demasiado rápido, es decir, ellos actúan como si fueran adultos cuando en realidad son chicos que no deberían preocuparse ni por la mitad de las cosas por las cuales se preocupan. Nosotras llevamos una vida más relajada, no nos interesa tanto la opinión de afuera y no vamos a cambiar.
Cuando encuentre un chico que acepte eso, entonces ahí quizá pueda llegar a la felicidad que tanto busco. Aunque ojo, estoy bien cerca.

lunes, 5 de marzo de 2012

Aquel cigarro.

El abrigo me llegaba hasta las rodillas, el cansancio me llegaba hasta los pies. Después de haber estado encerrada en casa por un mes entero, que me hayan echado del trabajo y haber perdido hasta a mi mejor amiga, creía que era momento de afrontarlo todo. Esa mañana estaba decidida, iba a recuperar mi vida, o arreglar lo que quedaba de ella.
El viento jugaba con algunos mechones marrones que quedaban sueltos en mi cara haciéndome cosquillas, y me susurraba recuerdos. Algunos de ellos, no los quería recordar.
Caminé mirando al piso, después mirando al horizonte y, como último recurso, mirando para arriba, esperando encontrar respuestas a preguntas que ya me había hecho miles de veces.
Terminé sentada en un banco de la estación, como si esperara a alguien y ese alguien viniera a resolver mis dudas. Odiosamente retomé el vicio de fumar y, mientras le daba una nueva calada a mi cigarrillo, empecé a mirar a la gente pasar. ¿Qué estaba haciendo? Mejor dicho ¿qué había hecho? Y todo por él, que no me había dado nada. Irónico, porque yo le había dado todo. Le di hasta mis ganas de caminar por abajo de la brisa, en esos días de invierno que te calan los huesos.
Estaba desperdiciando momentos que podía captar con una cámara. Estaba gastando la vida en nada, sentada mirando como los demás avanzaban y yo me quedaba estancada en lo profundo, sin poder salir.
Y por eso estaba ahí, mirando a la gente llegar, para asegurarme a mi misma de que alguien iba a aparecer para arreglar el desastre que había dejado la tormenta, esa lluvia que tenía nombre y apellido. Tenía que superarlo, pero aquel instante en el que lo vi pasar, con esa sonrisa de galán y esos ojos avellana, aquel momento me consumió por completo, tal como yo consumía aquel cigarro.

lunes, 23 de enero de 2012

Proyecto a futuro, quizas.

¾Lumen¾ susurro, sin mucho éxito – ¡Lumen! ¾ exclamo ahora un poco más fuerte, y la luz de mi varita se enciende con rapidez .
Comienzo a caminar por un pasillo, moviendo mi varita hacia todos lados, en busca de una salida. La cabeza se me partía en miles de pedazos y  no recordaba donde estaba, por consiguiente, no sabía como había entrado, ni como podía salir. Empezaba a sentirme atrapada, con un nudo en la garganta que se había instalado para quedarse. 
¾ Lumen¾ oigo que balbucean con nerviosismo en algún sitio, y una luz brillante me da la señal de que no estaba sola – Dios…¾ lo oigo mascullar mientras camina por alguna parte. Sus pasos sonaban cada vez más fuerte, así que decidida me giré sobre mi misma para encontrarme con el muchacho. Para mi desgracia, estaba demasiado cerca.
Me volteé chocando con él. El chico dio un respingo, pero se calmó ni bien vio mi barita. Achiné los ojos.
- ¿Tú? – pregunté mientras mi cabeza debatía si esto era un mal sueño, o una peor realidad.
¾ ¿Tu eres Aria, la de la clase de Lengua? ¾ preguntó incrédulo – Vaya, no sabía que eras como yo – rodé los ojos.
¾No quiero hacer sociales contigo¾ aclaré rápidamente ¾solo quiero saber en donde estoy ¿Podrías decirme…?¾ dudé. ¿Cómo era que se llamaba? ¿Michel, Martin?
- Mitchell – dijo aclarando mis dudas – Mitchell Benson – extendió su mano. Yo la examiné y en vez de tomarla, volví a preguntar.
¾¿Puedes decirme en donde estoy?
¾Cazadores¾ murmuró, y sentí como todo comenzaba a girar a mi alrededor. Lentamente empezaba a recordar las cosas – me desperté en un cuarto vacío hace unos minutos – yo me sostuve fuertemente de la pared, porque sabía que en cualquier momento me caería. Me habían encontrado – ¿Estás bien? – preguntó y me contuvo con sus manos.
¾-Hay que salir de aquí YA¾ le ordené. Él asintió con la cabeza acatando mi orden, sabiendo que de ahora en más, estábamos juntos en esto.
Mitchell Benson estaba en mi clase de Lengua y Literatura. Era un recién llegado que vivía en la parte pobre de la ciudad, en la Pradera. Su presencia en el colegio era extraña, ya que todos los que estudiábamos allí éramos o hijos de un político, o poseíamos cierta fortuna (en mi caso, era ambas). Era alto, de cabello castaño, con un flequillo que caía sobre su frente. Sonrisa blanca y unos adorables ojos miel que te observaban con esa mirada de ‘¿Tienes una monedita, por favor?’ No lo soportaba, y él tampoco a mí. ¿Qué si hablamos? No, nunca. Simplemente nos caemos mal. Quizás es porque ambos tenemos buenos promedios y no dejamos de competir en todo. Es un idiota, no me cae bien, y jamás lo hará, pero si dependía de él para salir de este aprieto (grave aprieto) en el que estábamos, iba a fingir que lo amaba tanto como a mi madre.
Caminamos por los pasillos con cara de asco. El olor que se respiraba junto con el aire, era a muerto. Pestilencia a putrefacción.
¾No puedo resistir más esta peste¾ le dije, y el asintió. Nos quedamos parados frente a lo que parecía una escalera.
¾¿No crees que… fue demasiado fácil encontrar la salida? ¾ Yo hice un sonido molesto con la boca.
 ¾Al demonio, salgamos, vamos ¾ presioné. Subí peldaño tras peldaño, llenándome de moho, hasta que llegué a la pequeña puerta que se encontraba sobre nosotros. La abrí y la repentina luz nos cegó por un instante, hasta que nuestras pupilas se acostumbraron. Ambos  abandonamos el maloliente sitio.
Caminamos por el lugar, callados. Estaba desierto. Mirando  a nuestro alrededor descubrimos un pequeño bosque que se levantaba a unos metros. Caminamos hacia él, también en silencio.
¾¿Qué crees que pasará con nosotros ahora?—me atrevo a preguntar, pero me doy cuenta de que no ha sido prudente cuando Mitchell se cae de rodillas al piso y comienza a llorar. ¾Ok, Benson, lo siento ¿Sí? No quise preguntar eso, vamos, venga, sigamos caminando. —Él se paró con dificultad quitando las lágrimas de sus ojos avellana.
¾No sé qué será de nosotros, Casandra. Tampoco sé si quiero saberlo—Concluyó. Yo tampoco quería saber, de todos modos. Estaba asustada.
¾Nada bueno, puedo asegurarles¾ respondió una voz lejana. Nuestros cuerpos se tensaron y cortamos el paso al mismo tiempo. Cuidadosamente nos volteamos para encontrarnos con la figura negra de un cazador.
El resto de su grupo no tardó en llegar. Portaban lanzas, arcos y flechas, armas de fuego, redes. ¿Acaso nos iban a cazar, cómo si fuéramos presas? Lo último que recuerdo fue que largamos a correr con toda nuestras fuerzas y Mitchell recibió un flechazo en la pierna dejándome sola. Mi paso se detuvo, no pensaba dejarlo ahí, lo arrastraría si fuera necesario, pero no iba dejarlo morir.
¾Alto¾ gritó una voz ¾No disparen¾ Cuando lo vi me sentí enferma, mareada, todo se tornó negro  y estaba claro que había dejado el mundo de la conciencia.
¾Ignis¾ dijo mi primo ni bien me desperté.

Ok, omitan que es una ridiculez y díganme que es hermoso, que estan en la presencia de la nueva J.K Rowling, o Suzanne Collins.

domingo, 22 de enero de 2012

El parisino.


-Bonjour- dijo el dueño de la tienda de helados cuando nos vio entrar a mí y a Faustin por la puerta.
-Bonjour- respondimos ambos al unísono. El señor sonrió de costado y clavó su mirada en mi… mi amigo.
-Faustin, qui le goût de la crème glacée?—pregunto el amable señor, a lo que Faustin contestó algo que no entendí. No es que haya entendido lo que dijo el hombre tampoco, pero bueno.
-Chocolat et fraises- dijo, y a los 2 minutos, el dueño de la heladería, que al parecer se llamaba Pierre, nos lo entregó.  Faustin le agradeció y Pierre farfulló algo que no pude entender, con una gran sonrisa, mientras me miraba.
- Vous faites un beau couple- Faustin me miró, sonrió,  y miró a Pierre.
- Elle n'est pas ma copine, mais merci. Je voudrais qu'il soit.- El hombre sonrió, negó con la cabeza mientras ambos reían y se marchó.
-¿Qué te dijo?—pregunté curiosa mientras caminábamos. - ¡Faustin, no puedo seguir aquí en Francia sin saber francés! - Rio estruendosamente. La pequeña onda que se formaba en su flequillo dorado se removió con el viento. Yo enterré más adentro las manos en los bolsillos.
-¿Y por qué lo dices como si fuera mi culpa?—Me quedé pensando un momento.
-Desearía haber nacido en Paris… o al menos haber venido antes. Conocerte antes. - Susurré eso último, pero él pudo escucharlo. Sonrió de lado sin mostrar su perfecta dentadura, y sus bellísimos ojos verdes se posaron sobre los míos, marrones, normales.
-Si hubieras nacido aquí, no te parecería tan asombroso- Tomó mi mano y su piel calentó la mía, que se había congelado ni bien dejó mi bolsillo. La boina que adornaba su cabeza lo hacía ver aun más maravilloso, con esa piel cobriza que hacía juego con su cabello, rubio. Y me dejé llevar, me dejé llevar por su sonrisa en la cual me había quedado a vivir ni bien puse un pie en Francia.
Primero, había sido solo un simple vecino, luego, un amigo. Pero cuando descubrí que siempre que salía con él a tomar fotos su cara estaba en la mayoría de ellas, noté que estaba enamorada. Él era mi amor, mi modelo, mi musa.
El flash iluminó el lugar por un instante para luego desaparecer. Me encantaba.
Su expresión de niño, con una risita apunto de salírsele, estaba plasmada en mi foto. Su mirada estaba centrada en el carrusel,  y las luces de colores se reflejaban en su pupila dando un efecto totalmente artístico. Le sonreí a la cámara.
-¿No has pensado en ser modelo, Faustin?—Pregunté curiosa.
-¿Crees que tengo lo suficiente?—Hizo otra pregunta yo levanté una ceja.
-¿Estas cargándome? Eres perfecto, niño- fijó su vista en mí, yo corrí la mía, como profesional evasora que era. -No me has dicho aún que dijo el hombre de la heladería, esa frase en francés-
-Eres buena cambiando de tema- ¿Acaso acababa de descubrirlo? Oh, pequeño Faustin, eso no es novedad.
-Tu tampoco me estas respondiendo. ¿Qué dijo Pierre?
-¿Qué hay de importante en lo que dijo ese señor?—cuestionó aún sin responder.
-Me estaba mirando y reía, quiero saber de qué- el muchacho se alejó hacia la rueda de la fortuna dejándome hablando con el viento. Entre el ruido de las otras personas, pude oir cómo me llamaba.
-Veronique, ven a ver esto. ¡Subamos, subamos!—rogó cuando llegué a su lado. Era todo un niño cuando quería. -Vamos, Vero- suplicó cuando me negué. Esa manera de llamarme Vero, su acento francés. Dios mío, estaba perdida. -¿Sabes qué es lo que más quiero hacer cuando me subo a estas cosas?
-¿Qué?—inquirí yo.
-Darle un beso a alguien que me importe realmente- me confesó.
-Ven y bésame entonces- contesté, pero luego, arrepentida por haberme dejado llevar por el momento y haberme dejado en exposición frente a él, comencé a carcajearme como su hubiera dicho el chiste más cómico del mundo.
Dejé de reírme cuando sentí sus labios sobre los míos.

-Juliette… ¿me harías un favor?—pregunté a mi mejor amiga.
-Claro dime, Vero- cantó con su tono característico.
-¿Qué significa la frase “Vous faites un beau couple”?—dije tratando de recordar textualmente las palabras de Pierre ese día en la heladería-
-Ustedes hacen una hermosa pareja… ¿Por qué lo preguntas?—dudó con el entrecejo fruncido.
-Por nada, Julie, olvídalo- sonreí.


Glosario:
Bonjour: Hola.
Faustin, qui le goût de la crème glacée?: Faustin, que gusto de helado quieres?
Chocolat et fraises: Chocolate y frutilla.
Vous faites un beau couple: Ustedes hacen una hermosa pareja.
Elle n'est pas ma copine, mais merci. Je voudrais qu'il soit: Ella no es mi novia, pero gracias. Desearía que lo fuera.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Arribos y partidas.

Observó a su alrededor. Tiendas, gente con valijas, caminando perdidos, o buscando a alguien. Soltó un suspiro al aire y metió sus manos dentro de su abrigo negro. Mientras mordía su labio pensaba que no podía soportarlo más. Quitó una mano y comenzó a rascarse la cara, a jugar con su cuello. ¡Vaya si estaba nervioso! Temía cómo reaccionaría luego de tanto tiempo sin verla.
Jamás pensó que iba a volver a tenerla cerca después de haberse ido así. Simplemente se acercó a su casa y le dijo que se marcharía. A él se le había acabado el mundo ni bien ella pronunció esas palabras, aunque solo llevaban 10 meses de relación.
Una mujer dijo algunas cosas en el altavoz, seguido de un número de vuelo. El revisó el papel que llevaba en su pantalón e hizo un sonido con la boca. No, ese no era su vuelo.
Y ahí estaba él, parado debajo del cartel de ‘Arribos y partidas’ cuando la mujer dijo otro número y la vio llegar.  Ella soltó su equipaje dejándolo caer al suelo y fue corriendo directamente hacia él. Dieron una pequeña vuelta en el abrazo y la muchacha, bastante más baja que él, ocultó su cabeza en su pecho mientras él la tapaba con sus brazos.
- Joseph – susurró, mientras acariciaba su cabello y olfateaba su cuello, en busca de su característico perfume – te he extrañado tanto –
- Sí yo… yo también – Era costoso para él pronunciar esas palabras sabiendo que en los últimos meses no había llegado a pensar en ella. Estaba seguro de que no volvería jamás –
- No puedo creer que estoy aquí – dijo y se separó de él para mirarlo a los ojos. Pasó su mano por la nuca y en puntitas de pie se preparó para besarlo. El cerró los ojos y acortó la poca distancia que había entre ellos. Se sentía en el cielo. –
- Gracias por volver Sammie, gracias por no dejarme condenado a la soledad para siempre – ella rió estruendosamente, él la miró con desconcierto –
- No iba a dejarte solo, tontito – y tocó su nariz con el dedo índice - ¿Pensaste que jamás volvería? - 
- Jamás perdí las esperanzas de que lo hicieras – volvieron a unirse en un beso, que lo despertó de aquel sueño que él creía estar soñando – Estas diferente – y si lo estaba.  La antigua castaña ahora estaba pelirroja, y su corte carré estaba reemplazado por una larga melena ayudada por extensiones, creía él, que llegaba hasta su cintura.  – Me gusta tu cabello, ahora puedo jugar con él cuando te abrace –
- Sabía que te gustaría, tienes cierta obsesión con mi pelo – él sonrió de costado, mientras ella tomaba sus cosas y le extendía la mano a Joe para que comenzaran el camino a lo que, ahora sí, podía llamar hogar. –

jueves, 1 de diciembre de 2011

Oh, Caroline.


El rubio conducía a toda velocidad, con enojo. Golpeaba el volante con sus manos e insultaba al aire. Hizo algunas cuadras así y luego se tiró hacia la banquina y detuvo el motor.  Los recuerdos inmediatamente inundaron su cabeza.
“- ¿En dónde has estado? – preguntó Caroline, él rodó los ojos –
- Te dije que estaría en la casa de Richard – prostestó –
- Podrías haber llamado – replico Caro en forma de reproche –
- No quise hacerlo ¿Sí? No tuve ganas de llamarte. –
- ¡Oh, pero si tuviste ganas de quedarte allí hasta las 5 de la mañana! – gritó ella, y continuó – tengo un examen importante mañana, Dougie, y no he dormido nada por tu culpa. –
- Es tú culpa por quedarte despierta. –
- Es tú culpa por estar siempre afuera –
- ¿Siempre afuera? Es la primera vez que salgo con Richard en meses, no puedes culparme  por tu falta de confianza en mí. –
- Sí que puedo hacerlo, tu siempre estas mirando a otras mujeres  y …. – ”
La discusión había durado hasta las 6:40 am, un vecino se acercó, tocó timbre y preguntó si todo estaba bien. Dougie salió enojado de la casa y condujo hasta un lugar desierto. 
- No puedo con esto Caroline – dijo por la línea telefónica. Ella lo había llamado –
- ¿Entonces esto se acabó? – hubo un silencio en la llamada - ¿Hola?
- Lo siento Car, pero sí. No puedo seguir con tus reproches. No puedo más. – y colgó. –
____
Era el día anterior a su cumpleaños. Dougie había estado esperando ansioso ese día, pero ahora que todo con Caroline había salido mal, ya no quería saber nada con esa fecha.
- No puedes cancelarlo todo solo porque cortaste con Caro – se quejó Harry –
- ¿Qué quieres que haga? No estoy de ánimo como para festejar nada – contestó honesto y se paró en busca de una cerveza –
- Dougie – dijo Danny, tomándolo del brazo – no dejes que Caroline te arruine. Tienes que vivir –
- No quiero hacerlo sin ella – musitó alejándose –
- ¿Y qué haremos ahora? – preguntó Tom –
- No hay nada que hacerle. Estoy seguro como de que me llamo Harry, de que Dougie no cambiará de opinión ahora –
Una vez solo en casa, Poynter solo se dedicó a dormir. Tanteaba el espacio sobrante en su cama y recordaba a Caroline, que solía llenarlo. Una sonrisa se formó en su cara cuando pudo oler el perfume de su ex novia, que seguía en la almohada.  La tomó y la abrazó, así fue como cayó dormido.
______
El 30 de noviembre había llegado, la casa estaba silenciosa porque los chicos se habían ido ya, porque al otro día debían ir a trabajar. Dougie había aceptado hacer algo pequeño en casa, así que se habían reunido.  
Un suspiro retumbó en todo el lugar, se sentía solo, muy solo. Faltaban las carcajadas de su novia, el ruido de la música sonando, faltaba la felicidad.  Lo que él no sabía es que a menos de una cuadra de su casa, una muchacha caminaba bajo la fuerte lluvia en dirección a su hogar.
Caroline llevaba una bolsa grande, que ahora se encontraba empapada. Se paró bajo el pórtico y tocó el timbre esperando que él atendiera. Dougie abrió lentamente la puerta.
- Ca… Caroline – dijo tartamudeando - ¿Qué haces aquí? – una media sonrisa se formó en el rostro de aquel muchacho que sentía que su suerte había cambiado abismalmente –
- Te dije que tenía una sorpresa para ti, no podía no dártela. Oh, y además hay chocolates dentro de la otra bolsa.  – la voz le temblaba, estaba llorando – te estuve extrañando, Doug. Por favor no peleemos otra vez. –
- Caro – susurró, y la estrechó entre sus brazos mientras se unían en un tierno beso. Él corrió un mechón de cabello de la cara de su novia y le juro con la mirada que no volverían a pelear otra vez. –

martes, 13 de septiembre de 2011

Solo por un rato.

No se que hacer, honestamente. A mi me parecía que esa chica era más que tu amiga. ¿si no cómo se explican las publicaciones de ella en tu muro? Y ahora quiero llorar, lo que faltaba. Pero no lo voy  hacer. ¿Tengo derecho a prohibirte ser feliz? No, si no soy nadie para vos. Ojalá fuera diferente, no vos, si no yo. Ojalá yo fuera rubia, alta, y divina. Ojalá me atreviera a  hablarte, ojalá encontraras mi blog y te dieras cuenta de lo que siento por vos. Aunque mejor no, si total vos ya tenés otra persona que siente lo mismo. Las cosas no van a cambiar porque vos sepas lo que siento.
Necesito salir un poco al aire libre y pensar, idear una forma de sacarte de mi cabeza, aunque sea difícil, de alguna manera lo tengo que hacer. Tenés que irte, Franco, salí. Basta. No quiero que me sigas gustando, no quiero acordarme de vos cada vez que escucho tu nombre, no quiero escuchar ''All I Wanted'' de Paramore y pensar en vos. Quiero estar como antes, quiero que solo me parezcan lindos algunos chicos, pero que vos no me gustes. Quiero retroceder un poco el tiempo, no quiero tratar de conocerte, no.
Quiero ser yo la que te agarre de la mano, quiero ser yo la que te publique en el muro, quiero ser yo, ¿por qué no puedo ser yo? dejame entrar en tu vida, yo soy buena. No te voy a lastimar, te lo prometo. Vamos a escuchar música juntos, y vamos a mirar películas los días de lluvia, vamos a hacer boludeces, por favor, dame una chance.  Haceme darme una cance a mi misma. Haceme sonreír, que yo te voy a sacar una carcajada de agradecimiento. Por favor, decime que no estas con ella. Decime que no, no, no.  Reitero, no soy nadie para decirte que no seas feliz, pero... me cuesta. Me cuesta admitir que tu felicidad es con ella, no conmigo, me cuesta aceptar que vos queres caminar de la mano con ella, no con la pelotuda que esta acá escribiendo esto. Quiero irme lejos, quiero irme lejos y que vos sientas mi ausencia, quiero viajar y olvidarme por un rato, solo por un rato, de vos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Charlotte's Rain.

Play :)
Corrió la cortina y tomó un sorbo de su taza de café. Suspiró y el vidrio quedó marcado a causa de su aliento. No estaba de humor, para nada.
Llovía fuertemente y se desataban grandes ráfagas de viento, tan fuertes que lograron abrir una ventana. Él se acercó corriendo y comenzó hacer fuerza para cerrarla, cuando varias gotas lo salpicaron en la cara. Cerró los ojos y dejó escapar una leve risita, en un tono bajo. Varios recuerdos se instalaron en su mente, carcajadas, salpicaduras, el olor a la tierra mojada.
“El chaparrón se había largado justamente sobre su cabeza, y aunque corriera sería inútil, ya estaba empapado, entonces decidió caminar a un ritmo normal, aunque la gente se lo llevara puesto. Cruzó la calle y abrió su paraguas, pudo observar a una muchacha parada en el medio del parque, mirando para arriba.
- Hey, si quieres puedo prestarte mi paraguas. – le dijo, y la muchacha lo observó con unos enormes ojos azules. Él se quedó helado. –
- ¿Paraguas? Já, yo no quiero uno de esos. ¿No te fascina mojarte? – le dijo la muchacha –
- ¿En realidad? No – rió ante la cara de desconcierto de la chica – En serio, no me gusta sentir que mi ropa pesa el doble que yo. – comentó –
- ¡Por Dios! – se horrorizó en broma - ¿De qué planeta eres? Ven, te mostraré. –
- ¡Espera! – dijo él – ¿cómo es tu nombre? – le preguntó –
- Charlotte. ¿El tuyo? – preguntó ella mientras extendía la mano –
- Tom… mi nombre es Tom. – El rubio aceptó la mano de la morena que, corriendo, lo llevó de vuelta al parque del que se había alejado algunas cuadras, mientras caminaban bajo las lágrimas del cielo. –
- Bien, lo primero que tienes que hacer es cerrar los ojos. ¿Has notado alguna vez que cuando cierras los ojos, todo se siente más profundo, distinto? – En verdad, Tom nunca había notado eso, pero ahora le parecía cierto, la lluvia se sentía diferente con los ojos cerrados –
- Bien ¿Y? Sigo sin estar feliz por estar empapado – replicó, firme en su postura –
- Extiende tus brazos, testarudo, y mantén los ojos cerrados. Apuesto a que jamás te has detenido tampoco a sentir como caen las gotas sobre tu cuerpo, ¿no? – Tom movió la cabeza de forma negativa – lo supuse. – contestó ella –
- Bueno… esto comienza a ser raro. – dijo él –
- ¿Raro? Para mí esto es lo más normal. Suelo correr bajo la lluvia. – Tom la miró más que extrañado –
- No eres normal… Charlotte. No lo eres. – Ella rió estridentemente, Tom la siguió –
- Sabes, eres la persona mil quinientos treinta y dos que me lo dice, pero eres la primera que siento que lo hace sin malas intenciones, así que gracias. – lanzó una pequeña carcajada y continuó hablando”
Se levantó del sillón, lanzó un suspiro, observó otra vez por la ventana y el clima seguía lluvioso. Decidió ir por su abrigo y salir a enfrentar a la lluvia, y también a sus recuerdos.
“- ¿Tom, eso que llevas ahí es un paraguas? – preguntó Charlotte indignada. – No puedo creerlo, eso es una traición a tu pobre novia. – dijo ella – sabes que los detesto.
- Vamos, Charlie, está lloviendo demasiado, creo que en verdad deberías usarlo. – Ella lo miró con el ceño fruncido. – Ok, sé que no lo harás. – Ambos rieron –
- ¿Sabes que te quiero, no Thomas? –
- Lo sé desde ese día en el parque. – La tomó de la mano y emprendieron el viaje hasta la casa de Tom, sin un paraguas que los tapara”
Tom caminó con la mirada gacha, observando el suelo. Pasó por una florería y compró una hermosa rosa roja, para ella. Cuando llegó, se decidió a hablar.
- ¿Sabes? Te he extrañado mucho este tiempo que ha pasado, Charlie. No sé si pueda seguir así mucho más. Necesito que me abraces, que estés conmigo. No he salido a caminar bajo la lluvia desde el día en que te fuiste. Habías hecho que me guste, pero ahora lo detesto, lo aborrezco, en verdad. Y sí, sé que debo seguir con mi vida, pero no puedo hacerlo si en cada día de lluvia se me viene tu imagen a la cabeza. Siempre me dijiste que la lluvia tenía un significado especial para ti, ahora te entiendo, vaya si lo entiendo. Lo estoy viviendo en carne propia – concluyó, y arrojó la rosa a la tumba. 

- Charlotte Williams. 1987 – 2007 –  “Te recordaremos hasta que la lluvia deje de caer” –

domingo, 31 de julio de 2011

Once de Marzo.

Inspirado en Jueves, de La Oreja de Van Gogh.

Lunes 18 de Octubre 2003, Madrid, España (7.10 am)
Era apenas su segundo año en la universidad,  diseño gráfico era lo que había decidido estudiar, pese a que tuviera que tomar un tren para llegar. El lugar estaba lejos pero a ella le encantaba.
- Un boleto, por favor. – dijo tímidamente mientras buscaba el dinero para pagar en su bolsillo izquierdo. Le dio la plata a la muchacha y le susurró un “gracias” acompañado por una pequeña sonrisa. Esa sonrisa, en realidad, no iba dirigida hacia la chica de la boletería, si no que se asomaba porque ya sabía lo que iba a ocurrir después.
Desde septiembre, para ser exactos desde el  2 de septiembre, que se encontraba con el muchacho que había comenzado a quitarle el sueño.
Ingresó al tren con un brillo especial en los ojos, se sentó en su asiento favorito, que por suerte estaba vacío y comenzó a esperar. El joven al parecer iba retrasado, porque casi siempre estaba dentro cuando ella llegaba.  La espera le dio tiempo para pensar, para maldecirse a sí misma. Ella creía que si fuera más guapa, un poco más lista, o si fuera especial, si fuera de revista tendría el valor de cruzar el vagón y preguntarle quien era.  Él no va a venir pensó ella, pero antes de que sus pensamientos cantaran victoria, llegó al tren.  Tenía las mejillas rojas, seguro por correr, y la respiración algo entrecortada. Se sentó  en el asiento frente a ella sosteniendo con sus manos el bajo que estaba dentro de su funda. Sus ojos marrones se posaron en él.
Jamás se había percatado de que en realidad, no lo conocía. Lo único que compartían el extraño y ella era el vagón.  Apartó su mirada de él. En realidad sabía varias cosas, pero todas las había aprendido por verlo. Sabía que su nombre era Dougie, al menos eso decía el estuche de su instrumento musical, y sabía que era inglés porque más de una vez lo había oído hablar por celular en ese idioma.  Sabía también que hablaba español con facilidad, pero que a veces su acento lo delataba un poco. Un débil sonido la sacó de sus pensamientos, lo miró por segunda vez.  El muchacho soltó un bostezo al cristal, dejándolo empañado. En él dibujó una cara sonriente. Y ella se sentía tan idiota que escondió su cara un poco más en su bufanda. Se sentía tonta porque hasta verlo bostezar, que era algo tan natural, le parecía lindo y especial en él. Por contagio, bostezó también y los ojos celestes de él se posaron sobre los marrones que ella poseía. Vergonzosamente corrió la cara hacia la ventanilla y ruborizada, comenzó a pensar en el que rubio tenía unos ojos bastante pequeños, y que cuando sonreía parecía que eran inexistentes.
Martes 9 de Diciembre 2003, Madrid, España (7.30 am)
Dougie estaba sentado frente a ella, como siempre, lo cual hacía que las mejillas de la muchacha tomaran un color rosado que la hacía sentir feliz.
Sus largas y frondosas pestañas, que acompañaban a sus ojos marrones verdosos, miraban hacia un punto fijo en la pared. Estaba concentrada en sus propios pensamientos, pero una sensación de incomodidad la invadió. Sentía que alguien la estaba mirando y entre todas las personas se puso a buscar al dueño de esa mirada. Jamás se imaginó que él la iba a volver a mirar, pero ocurrió, por segunda vez los ojos azulados del rubio se detuvieron en ella. El muchacho bajó su mirada,  y ella sonrió. Era de estatura normal, tirando a baja, y que sus mejillas estuvieran sonrojadas lo hacían ver más adorable. Luego de unos minutos, la estación en la que él bajaba siempre, llegó.  Pudo percatarse de que las expresiones del chico pasaban de ser alegres y tranquilas a tristes en un instante.  Mientras el tren paraba, él la volvió a mirar. Ella se miró la ropa y recordó que, pese al frío, había escogido su ropa más bonita, sólo para él. Y supuso que por eso la estaba mirando. Solía hacer eso, se colocaba maquillaje y ropa linda, y siempre antes de subir al tren se miraba al espejo, para ver si todo estaba en orden. El muchacho bajó y ella suspiró. Había pasado otro día más y seguía sin hablarle. Se sentía torpe. Muchos le habían hablado, una conversación corta, típica entre extraños. Qué frío está el clima, ¿tienes hora?, algo así, nada más, pero no, ella seguía con sus labios bien juntos.
Jueves 11 de Marzo 2004, Madrid, España (7. 26 am)
Y así pasaron los días, de lunes a viernes, como las golondrinas del poema de Bécquer. De estación a estación, iba y venía el silencio. Había ensayado mentalmente que cosas decirle al muchacho que estaba sentado justo en frente, como siempre que podía, pero no le salían las palabras correctas. No podía expresarse.  Lanzó un suspiro al aire y dirigió su mirada al chico del tren, como ella le decía. Sus amigas aseguraban que estaba obsesionada, pero ellas no entendían. El chico era un misterio para ella, un misterio que quería resolver pero no lo lograba. Se levantó del asiento y le dejó el lugar a una mujer embarazada, ella sonrió de lado en señal de ternura. Lo había visto hacer eso unas cuantas veces, con embarazadas o con señores mayores. Eso era otra cosa que sabía de él. Y también le conocía la forma en que movía las piernas cuando llevaba su iPod y escuchaba música. Y en verano, sus tatuajes, que se dejaban ver a través de las mangas cortas. Hoy, por alguna razón, le parecía que estaba más lindo, que tenía algo diferente. Quizás era solo su imaginación, como ayer no había ido a la universidad, no lo vio, entonces podía ser solo porque lo extrañó.
Y de pronto sucedió, la mira, y ella lo mira, el muchacho suspira levemente, ella cierra los ojos avergonzada y lo único que escucha es el ruido del tren andando. Él aparta la vista. La muchacha apenas respira, se siente pequeñita y comienza a temblar. Y entonces ocurre, se despiertan sus labios, susurran su nombre tartamudeando.
- ¿D-Dougie? – pronuncia ella, débilmente, pero lo suficientemente alto como para que él escuche. Ella imagina que está pensando ¡Qué chica más tonta! Y se quiere morir, que la trague la tierra –
Pero el tiempo se para, Dougie se levanta en dirección a ella, toma el asiento vacío a su lado y le dice:
- ¿Sabes? Yo no te conozco y ya te echaba de menos. – su voz era suave, no muy gruesa, encajaba perfectamente con sus facciones. – Todas las semanas, rechazo el directo y elijo este tren –
Fue ese momento en el que ella se dio cuenta de que había notado su ausencia en el tren, él también la buscaba con la mirada.
- Estaba enferma, pero ya estoy bien – contestó nerviosa – Mi nombre es Victoria.
- El mio Dougie, aunque al parecer ya lo sabes – le respondió con una sonrisa  y estrecharon sus manos.  Su piel era suave pero a la vez áspera, sus manos eran típicas de músico. –
Y así transcurrió el viaje, se contaron de sus vidas. De la razón por la cual ambos tomaban ese tren y ahí se enteró ella de que Dougie había tomado ese tren por error una vez pero desde que la había visto no había dejado de tomarlo. Un día especial, este 11 de Marzo. Al menos para ellos.  Llegaron al túnel previo a la estación y la luz se fue. Un ruido ensordecedor aturdió a los pasajeros y cuando Victoria dejó de sentir sus piernas supo que algo estaba mal. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, y entre escombros encontró la mano de Dougie, del chico del tren, que se encontraba atrapado bajo algunas cosas.
- ¿V-Victoria?  - esta vez era él el que pronunciaba su nombre tartamudeando. Ella quiso responder pero no le salían las palabras. El dolor punzante parecía no querer dejarla hablar. –
Con sus manos fue buscando la cara del muchacho, hasta encontrarla y unir sus labios. Ellos sabían que era el inicio de una historia, pero jamás se imaginaban que también sería el final.
- Te quiero – le dijo ella, y le regaló así el último soplo de su corazón. –

Madrid, 11 marzo 2004, 7.37 horas. Una bomba explotó cerca de la estación de Atocha. Un minuto después dos bombas procedieron a explotar en el mismo tren. A las 7.39 cuatro bombas más explotaron destruyendo otro tren a unos metros de esa estación. 190 muertos y más de 1.500 heridos.